De Liberación o Dependencia a Democracia o Dictadura
Si hasta las décadas de los años 60 y 70 la consigna Liberación o Dependencia identificaba en el campo nacional, aun a sectores opuestos en el arco político- ideológico, la premisa Democracia o Dictadura , que se definirá en el período que va de la derrota en la batalla por Malvinas frente al imperialismo, hasta las campañas por las elecciones generales de 1983, pone a dicho campo en una situación vacía de contenido nacional.
El cambio de perspectiva no es gratuito: quienes sostuvieron al régimen procesista descubrieron su peligrosidad cuando, por las razones que fueren, son recuperadas militarmente las islas Malvinas para la soberanía argentina. Hasta ese momento no había sido peligroso, ya que para los poderes de la reacción cumplía con los objetivos de entrega del patrimonio nacional, en paralelo con la necesaria represión acorde a dichos fines.
El cambio de actitud se da, precisamente, en el instante en que las mayorías ven en el "hecho" Malvinas, a pesar de la citada violencia entreguista, un camino posible de reivindicación nacional.
Es en este punto del conflicto que es percibida, de modo confuso pero esperanzador, una nueva realineación de fuerzas hacia el interior de la sociedad, tanto como en el plano internacional.
Las grandes movilizaciones en casi todos los países latinoamericanos, más casos concretos de compromiso de algunas F.F.A.A. hermanas dan cuenta del posible viraje en la política llevada a cabo hasta ese momento.
En esta línea de pensamiento, el triunfo en Malvinas habría significado la verdadera liquidación del Proceso, en tanto que la derrota determinó su continuidad como "concesión" democrática: y es aquí que la consigna es lanzada, quedando ahora el campo nacional definido como democrático , frente al dictatorial , capaz éste de llevarnos a una guerra rápidamente tildada de "aventura irresponsable"´confundiendo, de paso, dicha consigna, las reivindicaciones y derechos permanentes de un Estado, con el sistema de gobierno que impera circunstancialmente en él.
La eliminación del concepto imperialismo operó en varios frentes: hizo inútil esa potencial gesta de Malvinas como hecho aglutinante nacional y latinoamericano, y comienza a quedar eliminada, dicha gesta, de la estructura del pensamiento colectivo, cuya experiencia se fundaba, hasta ese momento en la hipótesis de liberación frente a la dependencia. Las ideas vinculadas a la liberación, en tanto concepto contrario a la dependencia, hubiera permitido ubicar críticamente de modo correcto al Proceso, es decir, no por la guerra de Malvinas, sino por esa enorme y probada estafa llamada deuda externa .
La ausencia de una hipótesis de liberación resta sustento y razón de ser al Movimiento Nacional. En realidad, debiera resultar sospechoso que los campeones de esta democracia vigente, en que las necesidades del conjunto se subordinan a los intereses de las minorías, son, en muchos casos, los mismos que no temblaron en atentar contra la democracia cuando sí expresaba contenidos nacionales. Que hoy hipotequen el destino de la Patria en nombre de la democracia, es decir, sin recurrir a los sangrientos gobiernos de facto, ni a las proscripciones fraudulentas, demuestra, una vez más, tanto el retroceso nacional, como el divergente contenido de los conceptos cuando expresan realidades deshistorizadas.
El Proceso no fue derrotado por las luchas ascendentes de las masas, como lo fue en 1973 ese otro proceso iniciado en 1955: con la conducción de Perón el pueblo trabajador sorteó sinuosos avatares hasta imponer una vez más la candidatura del General. La derrota en la batalla de Malvinas, y la ausencia posterior de conducciones políticas patrióticas, son el origen de esta democracia colonial.
La Argentina que emerge en 1983 ya no es la misma. El Proceso no solo arrasó la industria, y con ella la estructura económica y social, sino que arrasó también las ideas, creando una doble realidad, uno de cuyos aspectos es constatable:
. Ya no hay un país industrial y, en consecuencia, la relación de fuerzas que entre las clases podían manifestar los trabajadores ha perdido entidad.
. El otro aspecto de esta realidad, aquel que señala la ausencia del imperialismo (devenido engañosamente "globalización"), es una falacia que ha llegado de la mano de un sector de la intelectualidad volcado en la política a partir de 1983 con su enorme capacidad propagandística desde dentro de las universidades y los medios de difusión.
. Sumado a lo anterior, el ataque sistemático a las empresas del estado llevado a cabo por la democracia colonial, comienza con la responsabilidad del gobierno del Dr. Alfonsín y concluye con el desmantelamiento más inaudito puesto en términos de liquidación por el gobierno del Dr. Menem.
Este sistema de oprobio pudo anclar en una sociedad desestructurada, cuyo eje ya no es la industria sino el cuentapropismo, ese subproducto de la receta neoliberal. Estos aspectos de la realidad operan negativamente sobre el Movimiento Nacional, ya que si está en retroceso la clase trabajadora, con la correspondiente pérdida de peso específico de las organizaciones gremiales, y el imperialismo, en tanto concepto, queda diluido en el rincón de las antigüedades, el antedicho Movimiento se verá no sólo sin cohesión ante la pérdida del sector laboral, que históricamente fue su sustento mayoritario, sino que ha visto desaparecer todo atisbo de doctrina de liberación, ante la presencia totalizadora del discurso único.
Desterrado el principio de la liberación, no existe ninguna fuerza aparente capaz de galvanizar a clases y sectores comprometidos en el quehacer nacional: es ésta la razón por la cual el Justicialismo, liquidada la alianza de clases que conformaba el Movimiento, es convertido en un partido más del sistema, de modo equivalente al ciclo del radicalismo, como ocurriera a partir de la muerte de Yrigoyen.
Pero el imperialismo existe, aunque se presente con el equívoco ropaje de la "globalización": en la Argentina es posible constatar que sigue operando en términos políticos y económicos.
El Proceso, correctamente llamado por sus mentores de Reorganización Nacional, en ese sentido previo de desorganización social a que sometieron la Argentina, comienza en marzo de 1976 como un golpe cívico-militar para continuar, desde 1983 como una democracia colonial: invirtiendo ciertos términos la guerra continúa por medios políticos y económicos y somete a la Argentina a un despojo que parece no tener fin.
La caída de Puerto Argentino determinó el derrumbe del sector militar afín al Proceso y es resuelta una salida "responsable y ordenada" del mismo (en doble sentido: con orden y dando cumplimiento a las órdenes del imperio). A partir de ese entonces se asiste a dos largas décadas de continuismo desmantelador llevado a cabo por los políticos del pacto colonial.
Así pasamos de la tortura y desaparición de personas a esa otra violencia, cual es la de millones de desclasados dejados al desamparo y la intemperie, no sólo de modo metafórico.
Hoy está a la vista lo que en 1983 ya existía oculto en falsas consignas democráticas: la traición, por acción u omisión de los partidos políticos mayoritarios es la razón por la cual no pueden sostener las necesidades de las mayorías, aherrojados como están en compromisos de "gobernabilidad democrática" sin plantear las cuestiones fundamentales de la liberación.
No hay posibilidad, para un país dependiente, de lograr la finalidad de sus propios planes de gobierno en el desarrollo centrado en los intereses de las mayorías, si no se logra la liberación nacional.
No es posible agregar justicia social a una democracia colonial, desde que la forma (democracia), pasó a ocupar el lugar del contenido (liberación) y, así, no hay ni liberación ni democracia, aspectos ambos que conforman una herramienta indisoluble para la acción propia en la Argentina colonizada (sojuzgada).
El ala financiera del Proceso triunfó derrotando al Estado en sus F.F.A.A .
Es así que estamos asistiendo al triunfo del Proceso en todas las líneas: la contradicción entre unas F.F.A.A. incluso las procesistas, que mantendrán la presencia del Estado en la estructura total de sus empresas públicas (aunque también es cierto que con la complicidad militar fueron expuestas a endeudamientos extorsivos, inicio de la mal llamada "deuda externa") se resolverá cuando las islas Malvinas sean nuevamente invadidas por la potencia colonial anglo-norteamericana; en ese instante el Estado argentino pierde su brazo armado y el Estado se disloca hasta la concreción final del proyecto:
El Proceso, en su ala financiera, triunfa derrotando al Estado en sus F.F.A.A. precisamente en aquello que tienen de importante en la Argentina semicolonial, cual es su participación en la industria pesada, en la investigación aeroespacial, en el desarrollo nuclear estratégico, en las telecomunicaciones, es decir, en lo que las constituían en parte integrante de un Estado soberano. Paradójicamente el acto final de recolonización se concretará mediante la gestión de un gobierno, que accede a la Casa Rosada malversando la experiencia colectiva del peronismo . En Malvinas, más que a una derrota militar, hemos asistido a una derrota política.
Quizás sea la más importante de las tareas, el dejar de expresar lo nacional con las categorías y el discurso del dominador, factor éste, el más responsable de la esterilidad política en que están sumergidos los sectores populares medios. Para que las manifestaciones y expresiones de rebeldía y desobediencia políticas se constituyan en experiencia colectiva, faltan todavía la reflexión y el consecuente ordenamiento intelectual alrededor de las mismas.
En función de lo expuesto, condenamos en el Proceso la continuación del ciclo antinacional iniciado en 1955 y sólo interrumpido entre 1973 / 76.
Así es que podemos sostener que dicho Proceso no fue militar, sino cívico-militar, con lo cual no señalamos una diferencia menor, sino su correcta ubicación en el marco teórico que expresa el concepto Liberación o Dependencia, es decir, en la lucha por una Argentina Libre, Justa y Soberana frete a las fuerzas coloniales.
Reconstruir el Frente Nacional
Pero si sostenemos que el Proceso rompe el Movimiento Nacional mediante la desindustrialización y la correlativa pérdida de poder cuantitativo de la clase trabajadora, también es cierto que el enemigo interno se ha transformado: la oligarquía terrateniente devino financiera, extranjerizando las tierras y, por otra parte, importantes sectores del empresariado que integraba el Movimiento Nacional, liquidó sus empresas para integrarse en el circuito del comercio de importación o, peor aún, en los negocios financieros.
Es así que no sólo no enfrentaron la política del Proceso, sino que además se acoplaron a ella, aún en contra de sus propios intereses de clase.
Sea como fuere sostenemos que es posible reconstruir el Frente Nacional, a condición de identificar no sólo las clases y sectores vinculados al desarrollo nacional, sino determinando, de una vez por todas, al enemigo para erradicarlo de la estructura social argentina.
Aquella clase social que hemos llamado oligarquía se ha comportado, históricamente desde el punto de vista económico y cultural, como una clase subsidiaria de la estructura inglesa, y pasó a ser periférica de la Argentina, incluso desde lo social. La crisis de la década del 30 pone al desnudo esta realidad: el pacto Roca- Runciman aparece como la legitimación del status antedicho, pero ahora la definición implica el servicio político a la Corona, sin mediaciones partidarias legítimas. Se resuelve así la problemática de una clase que está, para esos años, desvinculada de cualquier solución del conjunto de la Nación: esto es lo que tiene de infame esa década; luego, el "fraude patriótico", las componendas entre partidos, la convalidación del "régimen" por el alvearismo, sólo son la exterioridad que sostiene a una clase ya de espaldas al país.
Será a partir de 1976 que ese mismo sector parasitario de la Argentina da aquel otro giro en la dirección de sus propios intereses desnacionalizando la tierra y deviniendo oligarquía financiera, arrastrando en este proyecto, como hemos visto, a sectores muy importantes de la burguesía industrial , los cuales rematarán sus empresas en vez de enfrentar a la clase oligárquica y se convertirán en banqueros e importadores, produciendo una sustitución inversa de aquella que los había conformado como clase desde mediados de los años 30. Incapaces de conducir un proyecto nacional quiebran otra vez la alianza con la clase trabajadora ,a la cual temían más que a la oligarquía, y se acerca a ésta hasta ser, finalmente, fagocitada como clase. La enseñanza de 1955 no había sido suficiente, con el agravante que ahora no tienen retorno. El sector reaccionario de las F.F.A.A., afín al proyecto oligárquico, hará el resto: la violencia procesista será el primer paso en el camino de la precarización laboral y su consecuencia más inmediata, la precarización social, que prohijó a su vez, esta desgraciada y casi nihilista cultura de lo inmediato y perentorio.
El futuro no es sólo el tiempo por venir
Sostenemos que el futuro no es sólo el tiempo por venir, sino la elaboración de un proyecto social que debe comprometernos en su realización. Siempre somos sujetos históricos, pero la acción o la pasividad que adoptemos frente a los hechos, determinará que lo seamos de la Causa Nacional o, irremediablemente de proyectos ajenos. En síntesis, sostenemos la necesidad de juzgar al Proceso más allá del estrecho margen de los Derechos Humanos; de otro modo no comprenderíamos el carácter contrarrevolucionario iniciado en 1955. Los secuestros, torturas y "desapariciones" llevados a cabo de modo sistemático desde 1976, no obedecieron a un accionar perverso propio de militares dementes, sino, precisamente, en respuesta al agravamiento en la dirección de la contrarrevolución que nos ató a la mayor dependencia jamás habida en la Argentina. De otro modo, ¿qué podríamos decir de un hipotético gobierno de facto que hubiese reinstalado la dependencia sin violaciones a los D.D.H.H.? Y es que esto es imposible, justamente porque no vinieron a torturar, sino a imponer la desnacionalización más estricta, y para ello fue imprescindible quebrar toda resistencia por el método que fuere. Por otra parte, el primer derecho conculcado fue de orden político, aquel que determinó la interrupción del gobierno de la presidente M.E.M.de Perón. Todas las otras violaciones vinieron por añadidura, en la necesidad de torcer la voluntad popular de soberanía.
Así, por no considerar en primera instancia, el carácter antinacional del Proceso, es que se impone el juzgamiento de los militares golpistas, y no de los mentores civiles, por no violar éstos , los D.D.H.H.; aunque son los responsables primeros de la violación de los Derechos Políticos y Sociales antedichos .
En consecuencia no es juzgado el Proceso sino sólo los comandantes, con lo cual, desde el argumento derechohumanista, se da la paradoja de un país (Argentina) que condena a una Junta militar por llevar a cabo un legítimo acto de soberanía (recuperación de Malvinas), en coincidencia con los dictados del imperialismo triunfante. Pero, contra la opinión generalizada, con el juzgamiento a la Junta que reinstaló la soberanía argentina en las Malvinas, no fue condenada sólo ella sino la Argentina: es decir, los argentinos y quienes sin serlo, viven y trabajan en ella. Hemos aceptado pasivamente ser tratados como un país derrotado militar y políticamente, en tanto que los gestores del desmantelamiento nacional expresado en la deuda externa siguen siendo los mismos que usufructuaron, ayer, el Proceso, y hoy se benefician de la democracia colonial.
Elaboración de un programa por la Liberación Nacional
Reformular el Frente Nacional implica una alianza capaz de articular los distintos intereses de clase en la perspectiva de una auténtica revolución; esto es posible aglutinando a los sectores vinculados al quehacer nacional, desde un Estado que deberá ocupar el espacio de la alta burguesía industrial y financiera.
Como hemos visto, desde los años 30 está al margen de los designios soberanos, ayer como oligarquía ganadera, y hoy financiera, y la otra porque en los 70 perdió la última oportunidad de constituirse en burguesía nacional; su inexistencia actual pone al Estado en la obligación inapelable de sustituirla. Sabemos que el enunciado de lo que consideramos correcto no implica, sólo por sí, la consecución de esos objetivos, del mismo modo que un programa no deriva su eficacia del programa mismo, sino de sus fundamentos ideológicos.
Es a partir de esos presupuestos que intentaremos la elaboración de un programa en consonancia con los fundamentos de la necesaria Liberación Nacional.
Por Jorge Passalía
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