Honorio Alberto Díaz - Jorge Passalia
Jorge Lanata - Felipe Pigna:
¿Hay un nuevo revisionismo?
UN ENCUENTRO PARA ANALIZAR LA MAS RECIENTE
PRODUCCION HISTORIOGRAFICA
J.P.: Tu libro Historia y contrahistoria se publicó en los inicios del corriente siglo.
¿Cuáles son las principales novedades que percibís desde entonces?
H.D.: Para un profesor universitario acreditado, como lo es Luis Alberto Romero, el primer lustro nos ha brindado una producción excelente. Esa excelencia se evidencia en las ponencias de los congresos de historia y en las tesis de los egresados de los institutos superiores. Se ha estabilizado la mejoría que comienza con el establecimiento del gobierno constitucional en 1983 y los cambios que acarreó en el ámbito universitario. Para ellos se consiguió alcanzar un buen control de calidad en la producción historiográfica.
J.P.: Sin embargo no estamos en presencia de unanimidades plenas.
H.D.: Es cierto. Por ejemplo ya casi ni se recuerda lo que destacaba Tulio Halperin Donghi, en el sentido que esa producción era mucho más aburrida que la anterior, entre otros factores, porque se ha dado un cierre a las polémicas.
Las discusiones históricas son excepcionales en el campo profesional.
Resulta significativo que un libro dedicado a la figura angular de la materia titulado Discutir Halperin no tiene crítica alguna para un autor de tan vasta obra, pese a que en el ejemplar se reúnen siete ensayos. En consecuencia no se discute sobre el pasado ni sobre la versión consagrada de ese pasado.
J.P.: En la revista Entrepasados, Ema Cibotti, había proporcionado una imagen idílica de la actividad académica a partir de la caída del Proceso. La "generación ausente" habría generado en el espacio historiográfico una recuperación saludable proporcionando una producción autónoma y una profesionalidad fecunda. Pero recibió en la misma revista una respuesta rotunda de Roy Hora y Javier Trímboli donde se destacaba que el mero avance de la profesionalidad no bastaba si no se establecía una relación tensa con el pasado y un rigor crítico con la propia producción. Esta falta de tensión fue generando una historiografía cada vez más fría que reflejaba una postura posmoderna donde lo pretérito nada tiene que ver con lo actual y queda alejado o arrumbado en la quietud del museo. No debe olvidarse que la tarea histórica siempre está impregnada pro el presente desde el cual se realiza la reconstrucción intelectual del pasado. Los historiadores, desde la plácida comodidad académica, se desentienden de la significatividad social de la historia y, más aún, de su significatividad política.
H.D.: El historiador deja de ser un intelectual cuando se despreocupa de la vida y la muerte de sus semejantes, de la coyuntura que atraviesa su país, de la suerte de su generación.
Puede encerrarse entonces con sus pares, aprender sólo de ellos y producir para la minúscula corporación. La mejor producción historiográfica argentina emergió cuando a las propias inquietudes profesionales de la disciplina se sumaron las preocupaciones por mantener una crítica ideológica y una brega política. Lo que Hora y Trímboli encontraban en la década del noventa, se mantuvo en pleno en el trabajo académico de comienzos del siglo XXI.
Recuerdo un prólogo de Jorge Abelardo Ramos de 1950 donde confesaba que su objetivo central en Revolución y contrarrevolución en la Argentina , consistió en proporcionar un diagnóstico correcto del presente histórico.
Cualquier historiador podría sostener fundadamente que Napoleón fue el representante militar de la burguesía francesa. Pero lo que había que explicar entonces era el carácter del bonapartismo latinoamericano, la naturaleza del peronismo, el rol de las fuerzas armadas en una semicolonia, el papel del nuevo proletariado en la revolución nacional Nadie puede encontrar este tipo de respuestas en la reciente producción académica.
J.P.: La actual producción historiográfica profesional no trasciende al ámbito profesional, ni siquiera llega a los estudiantes. Circula en espacios muy estrechos. En consecuencia, no configura un atractivo para el negocio editorial. En el mercado aparecen pocos libros, esos libros se editan con reducidos ejemplares. Tampoco existe un público amplio interesado en adquirirlos. De ese modo todo queda reducido a un ámbito exclusivo. Se hace una historia para entendidos con usos reservados para los iniciados en la disciplina. No llega a los educadores medios y, en consecuencia, es desconocida en los colegios.
H.D.: Desde hace años el profesor Romero viene señalando la necesidad de que los profesionales de la historia encuentren una mejor relación con los medios. Sólo él, con sus fluidas intervenciones en el diario Clarín , logró desplazar a Felix Luna de su control de la difusión de la historia. Romero señalaba que los historiadores profesionales tenían una deuda con la sociedad argentina: debían disputar un espacio en los medios masivos de comunicación para hacer conocer públicamente su versión del pasado nacional y, además, lograr una aproximación entre la historia que se investiga y la historia que se enseña. Le preocupaba ampliar el contacto de los historiadores con el público y con la educación. Deseaba superar el aislamiento que encontraba, de un modo similar al que se acostumbra en Francia, donde los historiadores poseen una amplia participación en la tarea periodística, cinematográfica y televisiva, logrando un vasto público lector con ediciones populares de sus obras. Lo hecho por él en Clarín resultó insuficiente y el espacio pasó a ser ocupado por historiadores mediáticos y no por historiadores profesionales.
J.P.: Se trata de un hecho inesperado y, por lo tanto, sorprendente.
H.D.: Primero comenzó a expandirse la publicación de novelas históricas de calidades muy variadas. Después ocurrieron dos sucesos impactantes para el mercado editorial: Argentinos del periodista Jorge Lanata y Los mitos de la historia del profesor Felipe Pigna. Durante 2002 y 2003 el libro del primero estuvo al frente de las ventas en no ficción y durante 2004 y 2005 el que encabezó los números fue el segundo. Hablamos de cientos de miles de ejemplares en cada caso. Los autores explican el fenómeno por la existencia de un mayor interés por el pasado nacional a partir del estallido de la crisis de 2001 y los editores destacan la importante influencia en los medios masivos de comunicación. Sin duda son dos factores concurrentes, pero no los únicos.
J.P.: La postura académica frente a este suceso editorial carente de precedentes cercanos fue rotunda y uniforme.
H.D.: En el ámbito profesional se generó un rechazo categórico e integral. Se produjo un pronunciamiento furibundo. Todos, de Halperin Donghi para abajo, se manifestaron en similar sentido. No se hicieron distingos entre uno u otro autor. Tampoco se diferenciaron aspectos positivos de negativos. Fue un ofuscado acto de desprecio total y frontal en el que se desconocieron, a los escritores, aptitudes para la tarea. Halperin Donghi, desde su alto sitial, emitió esta sentencia: los best sellers de temas históricos acometen "una demolición universal de la historia argentina". Hubo también convergencia en la elección del defecto supremo: los autores incurrían en anacronismo, es decir, practicaban esa indeseable tendencia a analizar el pasado con parámetros del presente.
J.P.: ¿Consideras justificada es postura profesoral? ¿Estos exitosos vendedores de libros de historia merecían tanta descalificación? ¿Qué papel jugó la envidia en esta materia?
H.D.: Debo confesar que la dureza de la crítica me sorprendió. Algo parecido se había producido con el tema de la cátedra de historia social general de la Universidad de Buenos Aires. Pero el tono ahora era más virulento. Además, yo conocí antes la opinión de los defensores de la historia académica, que los trabajos cuestionados. En principio me pareció un gesto irritado desmedido. Formulaba una descalificación que no sólo se refería a los autores sino que además alcanzaba a esos lectores que, en miles, habían sostenido los dos libros al frente de las ventas durante tantos meses.
Quienes se sientan dueños de un ámbito del saber selecto y exclusivo repudian una invasión que consideran inmerecida.
José Carlos Chiaramente llegó a reconocer públicamente su preocupación por los efectos del fenómenos en el mercado, pues esos libros "inferiores" habían venido a saturarlo relegando a la verdad historiográfica científica que cada vez vende menos. Pigna afirma que ellos pretenden mantener la historia "en secreto para que no se les acabe el negocio".
Me preguntaba si esos trabajos de Lanata y de Pigna eran merecedores de semejante calificación y me puse a leerlos.
J.P.: La tarea de divulgación no es una cuestión menor. No es innoble tratar de llegar al gran público. En tal sentido, ambos libros han sido al menos eficaces.
H.D.: El éxito de los libros de historiadores extranjeros fue una manifestación cultural del Proceso. Después, una reacción editorial trajo al ruedo una vieja síntesis de José Luis Romero ( Breve historia de la Argentina) que no mereció críticas profesorales pese a ser un libro insustancioso, carente de toda novedad investigativa e interpretativa. También aprovechó Félix Luna para dar a conocer su Breve historia de los argentinos, trabajo de una vacuidad alarmante que tampoco se censuró desde las cátedras prestigiosas. Esto demuestra que el círculo académico no se opone a cualquier trabajo de divulgación, sino a ciertas obras de difusión destinadas al gran público. En unos casos es complaciente y en otros es implacable.
J.P.: Creo que Lanata no se propuso hacer estrictamente una síntesis integral del pasado argentino. Solamente pretendió referirse a ciertas cuestiones históricas que a él le interesaron y presentarlas con un tono periodístico. Veo predominar la postura de un periodista por sobre la de un historiador. Cada uno de esos textos tiene mucho aporte ajeno que se vuelca en frecuentes y extensas citas. Las fuentes son de la más diversa procedencia. No queda claro en la mayoría de los casos que es lo que brinda Lanta de su propia cosecha. La exposición narrativa desplaza el análisis y la reflexión. Ahora cabe preguntarnos: ¿la obra podría ser encuadrada en alguna de las corrientes historiográficas conocidas?
H.D.: La respuesta no es fácil. Lanata prefiere nutrirse de las diversas fuentes que van del origen liberal clásico al nacionalismo más crudo. Pero se nota que no pretende quedar atrapado en ninguna de las tendencias tradicionales, para poder presentar su obra como algo novedoso y diferente, que se aleja de la historia oficial sin criticarla.
Prefiere defender las instituciones desde el amplio espacio del democratismo progresista, que percibe en el pasado una continua lucha entre la democracia y el autoritarismo, la libertad versus la tiranía.
J.P.: Se evidencia una contradicción básica pues procura algo novedoso con técnicas tradicionales, sin aportes heurísticos ni hermenéuticos. No hay innovación destacable de ningún tipo.
H.D.: Eso resulta incuestionable. El libro no es el resultado de investigaciones específicas ni presenta interpretaciones originales sobre las fuentes éditas que utiliza. Además se historizan hechos y personajes en el sentido más tradicional de la historia política del siglo XIX. No se analizan procesos, los enfoques sociológicos brillan por su ausencia y nada se dice sobre los ciclos económicos en un relato lineal, carente de toda periodización. Es como si Lanata, movido por una gran curiosidad, hubiese recorrido la producción historiográfica, para poder después relatar a sus lectores aquello que le ha despertado asombro, encarando algunos tópicos y omitiendo otros, siempre preocupado por mantener la atención del lector.
J.P.: Pareciera que los enfoques personales de Lanata quedan relegados a un segundo orden. Cuenta lo que piensan otros. Hace una recopilación de aportes.
H.D.: Creo que en Argentinos sólo está insinuando el pensamiento del autor sorbe el pasado del país y de su pueblo. El que desee cerciorarse plenamente de ello debe recurrir a un libro posterior, que Lanata ha titulado ADN , en el cual se dedica a lograr un mapa genético de los defectos argentinos (no de las virtudes). Para ello recurre a la mejor literatura de autodenigración desde Ezequiel Martínez Estrada para abajo. No se pregunta si se trata de defectos de comienzos del siglo XIX o de finales del siglo XX. Tampoco se plantea si son propios de los capitalinos de clase media o de los misioneros marginales. Para él, en todas las épocas y lugares todos los argentinos han sido y son iguales. Consecuentemente, cabe presumir que también serán lo mismo en el futuro. Pues, en definitiva, sostiene enfáticamente que "el país parece otro pero es lo mismo". Preocupado por falsas permanencias e indiferente a las mutaciones más elementales, penetra en una nebulosa metafísica donde no caben cambios ni matices y donde -en consecuencia- tampoco queda lugar para la historia. Lanata nos presenta una identidad pétrea y definitiva a la que los argentinos estamos tristemente condenados.
J.P.: La realización de una síntesis integradora del pasado nacional no es una tarea fácil, aún para el más avezado historiador.
¿Cómo piensas que le ha ido a Pigna en el emprendimiento?
H.D.: Debemos comenzar advirtiendo que se trata de un trabajo inconcluso. El segundo tomo de su libro finaliza con el tratamiento de la época del Centenario. Falta mucho todavía. Siempre resulta esclarecedor el tratamiento de la historia más reciente, pues permite apreciar cómo el historiador ve la realidad actual y cuál es el futuro cercano que avizora.
J.P.: Aparecen semejanzas con la obra de Lanata en estos trabajos de Pigna. Los caracteres comunes son inocultables. Resulta evidente la preocupación por conquistar el más vasto público posible y la disposición a realizar las más amplias concesiones para lograr ese objetivo.
H.D.: Se detecta un desequilibrado balance en la presentación de las diferentes dimensiones del pasado, con un marcado predominio de lo político por sobre el económico, social o cultural. También resulta notoria la ausencia de un necesario análisis de la situación internacional, para la comprensión adecuada de la política local de cada época. Falta un tratamiento de los procesos históricos con una periodización precisa, que tanta ayuda didáctica brinda al lector novato. También es común en ambas obras la tendencia a proporcionar una versión conspirativa de los acontecimientos políticos. Siempre, entre sombras, se mueven los hilos de la engañosa realidad aparente.
J.P.: La crítica académica puso el acento en el anacronismo como falencia superior, ese error de descontextualizar las coyunturas para terminar juzgando a los actores con pautas del presente incorrectamente aplicadas.
H.D.: Ese defecto me parece más notorio en Pigna que en Lanata pues la comparación en el presente es utilizada como latiguillo permanente para golpear la atención del lector. Pero también resulta muy nociva la recurrencia en el enfoque simplista. La narración rehuye toda forma problemática para redondear caracterizaciones elementales donde no queda lugar para las contradicciones o complejidades. Pigna ha llegado a presentarse en reportajes a respuestas rápidas, usualmente llamadas ping pong, donde con cuatro palabras quedaba caracterizado Sarmiento, Pellegrini o Roca.
J.P.: En un programa de Canal A denominado "Detonador de ideas", el conductor Eduardo Cura le pidió la formación de un equipo de fútbol con sus próceres preferidos. Pigna, seriamente, se negó a tal cometido pero accedió a brindar una delantera: San Martín por sus condiciones de estratega, sería el armador y Castelli, pro su habilidad goleadora, sería el hombre de punta.
¿Qué más puede pedirse? Poner al zurdo Moreno de once.
H.D.: Pigna se siente cómodo estableciendo continuidades, falsas unas veces o meramente aparentes otras. Para él, Rivadavia es lo mismo que Juárez Celman y que Alzogaray pues, en definitiva, todos ellos han sido liberales. Es lo mismo la corrupción en tiempos de Liniers o de Saavedra que en la época de Videla o de Menem. El historiador además de las continuidades debe detectar las rupturas; su tema son las permanencias y los cambios.
J.P.: Nos quedamos sin saber cómo interpreta Pigna la segunda mitad del siglo XX.
H.D.: Se encuentran opiniones aisladas en las frecuentes entrevistas que se le realizan. Pero para una mayor amplitud debe recurrirse a su libro más reciente Lo pasado pensado donde, valiéndose de reportajes, aborda el período 1955-1983. En la introducción anunciada que, sin supuestas neutralidades académicas, "el lector podrá conocer mi opinión" con los textos propios que anticipan cada capítulo. El anuncio no queda cumplido plenamente pues allí sólo se encuentran datos cronológicos y algunas opiniones vagas, generalidades demasiado imprecisas.
J.P.: Ambos autores utilizan fuentes éditas variadas, pero ninguno de ellos recurre a la producción de la izquierda nacional. Entre las citas no surgen aportes de Rodolfo Puiggrós, de Jorge Abelardo Ramos o de Juan José Hernández Arregui.
H.D.: La omisión no es casual. El marco ideológico en el cual se mueven Lanata y Pigna no sale del clásico progresismo democratista de las últimas décadas.
Repiten el viejo esquema interpretativo de la Segunda Guerra Mundial donde se percibía una lucha de la democracia contra la dictadura en lugar de un real enfrentamiento interimperialista. Haz mencionado tres autores que poseen matices diferentes entre sí pero que se dispusieron a gestar una revisión profunda, superadora de la producción historiográfica entonces existente: abrieron el nuevo cauce con Historia crítica de los partidos políticos argentinos (1956), Revolución y contrarrevolución en la Argentina (1957) y La formación de la conciencia nacional (1960). Podemos mencionar que realizaron la crítica más severa de la versión oficial mitrista, concretaron una renovación hermenéutica inédita alejándose de las deformaciones europeístas, encuadraron la problemática argentina en el marco de la nación latinoamericana fragmentada y dependiente, valoraron el protagonismo de las masas en la historia rechazando el individualismo que guía el liberalismo mitrista y el nacionalismo rosista. Inauguraron el enfoque marxista de la realidad pretérita nacional.
En cambio estos historiadores mediáticos frecuentan un tibio izquierdismo ajustado al liberalismo de los sectores medios. Pueden prescindir de innovaciones medulares. Además lo necesitan para ser recibidos saludablemente en los medios masivos de comunicación.
J.P.: En estos años se han conocido reediciones de las obras de esos autores nacionales. Primero se editó en dos tomos Revolución y contrarrevolución en la Argentina , después se publicaron libros de Hernández Arregui y de Puiggrós. Pero hasta el momento han carecido de repercusión importante en el mercado y de apoyatura de la crítica. Norberto Galasso es autor de un estudio sobre la vida y la obra de Hernández Arregui y, muy recientemente, se han premiado un trabajo sobre la labor historiográfica de Puiggrós. Pero todavía no se conoce un libro sobre la labor de Ramos como historiador. El tuyo todavía no se publicó.
H.D.: De todos modos debe señalarse que la producción de la corriente no se ha detenido. Puede mencionarse en espacial la producción de Roberto Ferrero sobre historia regional y las biografías que Galasso dio a conocer de San Martín y Perón.
J.P.: Pigna habla en falsas neutralidades, pues él ha sido acusado de presentar un trabajo plagado de ideología donde se utiliza la historia para hacer política.
H.D.: Pienso que se defiende correctamente de ese ataque. Estoy de acuerdo cuando afirma que no existe la historia neutra, la versión aséptica. Tiene razón Pigna cuando recuerda que los fundadores de nuestra historia fueron políticos militares: el deán Gregorio Funes, Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López. Ricardo Levene, que durante décadas presidió la Academia Nacional de Historia, tenía una saludable relación con el general Agustín P. Justo, entre otras razones, porque entre ambos existía una admiración recíproca, pues Justo aspiraba a ser historiador y Levene a ser presidente. Tulio Halperín Donghi también hizo política cuando sostuvo que la victoria electoral de Graciela Fernández Meijide significaba el inicio de un saludable proceso de sarmientización de la vida pública argentina. Tanto académicos como mediáticos parten de concepciones ideológicas y de posturas políticas que se traslucen en su producción historiográfica. Todos, a su manera, realizan una historia tendenciosa, en forma deliberada o inconsciente.
J.P.: Dos preguntas para ir finalizando. ¿Es correcta la caracterización que Halperín Donghi realizó de este reciente fenómeno editorial? Para él existe un neorrevisionismo historiográfico.
H.D.: No veo un enfrentamiento entre una historia oficial y otra revisionista. Lanata y Pigna reniegan del llamado revisionismo. Además ninguno de ellos hace verdaderamente revisionismo histórico. No presentan nuevos tópicos, no aparecen investigaciones ignatas ni novedosas interpretaciones de la temática tradicional. También el fenómeno editorial es diferente, pues los revisionistas no publicaban en las grandes editoriales ni alcanzaban, originariamente ediciones voluminosas. Tampoco contaban con el beneplácito de los medios masivos de comunicación.
J.P.: Nos ha quedado un interrogante sin responder. ¿Cuál crees que es la verdadera causa del éxito que tuvieron los libros de Lanata y de Pigna?
H.D.: Creo que son múltiples las causas del fenómeno. A la ya mencionada crisis del 2001 y la colaboración de los medios masivos, debemos agregar el evidente afán de los autores de llegar a un vasto público, eligiendo tópicos atractivos que impidan el aburrimiento del lector poco entendido en la materia. Fugan de las complejidades y del lenguaje técnico, procuran la síntesis y la amenidad con un estilo periodístico. Podemos decir que estos libros de la historia mediática son la historia nacional, lo que los libros de autoayuda son a la psicología profunda.
J.P.: La historia argentina que llamamos oficial, nace como una obra complementaria a la autodefinida Organización Nacional, luego de Caseros.
En consecuencia debemos a Mitre y V. López el inicio de la investigación histórica con una clara definición política, más allá de la tarea heurística emprendida, principalmente por Mitre, lo que le imprime a su producción una intención científico-erudita.
Lo que cuestionará el Revisionismo histórico será, de modo fundamental, la hermenéutica, es decir la interpretación de las fuentes. De todos modos estas han sido escatimadas: la falsificación de la historia argentina debida al mitrismo se inicia con la selección documental.
Este Revisionismo, iniciado como nacional-rosista y ampliado al paso del tiempo con aportes de distintas corrientes, se alza, en consecuencia, frente al universo interpretativo liberal-mitrista. Ante la evidencia de estas dos, sintéticamente hablando, estructuras de interpretación histórica, los planteos acometidos por Lanata, Pigna, García Hamilton, O'Donell, ¿nos ponen ante la alternativa de una nueva "revisión"?
H.D.: Opino que no. En principio tomo distancia de la crítica de Halperin Donghi y los académicos, pero no comparto las opiniones de Pigna y los autores que citaste porque no nos trasladan a una reflexión hermenéutica novedosa desde la cual podamos arribar a esa interpretación global del pasado, que es el verdadero objetivo de toda revisión histórica.
J.P.: Se ha señalado que presentan una versión más dramática y, en consecuencia más atractiva, del pasado nacional.
H.D.: La historia del siglo XX, a partir de la innovación de la escuela francesa, no se limita a contar lo que sucedió sino que, además, se propuso a explicar por qué sucedió. Se planteó el pasado como problema y trató razonadamente de comprenderlo. En esa seriedad el drama fue desplazado de su centralidad.
Pero si pensamos - como estos autores- que lo ocurrido es el resultado de la manera en que cada emprendimiento noble fue neutralizado por una oscura conspiración de villanos, todo se da en un marco de lucha fervorosa, impregnado de una dramaticidad más atrayente pero menos verdadera.
J.P.: Pareciera que a los historiadores y a los intelectuales no los ha sacudido la crisis. Empezaron el siglo con la misma prédica. Colectivamente expresan su desprecio pro el revisionismo histórico y por el populismo político. Las dos palabras "revisionismo" y "populismo" poseen una pesada carga peyorativa.
La Argentina neoliberal se ha hundido en diciembre del 2001 y ellos siguen predicando a favor de la profesionalización y de la democracia, cuando en realidad se trata de una pseudoprofesionalización y de un democratismo funcionales al sistema.
H.D.: La Argentina neoliberal tocó fondo pero se mantiene en pie el conjunto de sus secuelas: el poder económico altamente concentrado, al más injusto reparto de la riqueza que se haya conocido en nuestro país, el gobierno en manos de estructuras y hombres irrepresentativos que habían sido echados, los predicadores de la ideología imperialista disfrutando de importantes medios masivos de comunicación. Con la aplicación continua y convergente de tres planes económicos (Martínez de Hoz, Sourruille y Cavallo) se ha perpetrado la obra sinistra de achicar el país y empobrecer al pueblo. Una derrota nacional a base de dependencia e injusticia, tanto con gobiernos de facto como con gobiernos de iure. Por eso el único camino es la revolución que requiere de una lucha política e ideológica a la cual los intelectuales de izquierda y derecha del campo liberal no contribuyen y los historiadores profesionales y mediáticos tampoco.
La batalla contra el colonialismo ideológico es tan importante como la lucha por la independencia económica. El enfrentamiento del eurocentrismo pone en juego la identidad continental. Contra la tradición cultural emergente de la dependencia material que se presenta en el mercado de doctrinas y teorías dominantes, debe mantenerse una batalla intelectual de ruptura y crítica que ya lleva décadas de existencia. En el campo historiográfico local, los aportes de Aurelio Narvaja, Enrique Rivera y Manuel Ugarte son prácticamente desconocidos. Los trabajos decisivos de Jorge Abelardo Ramos, Jorge Enea Spilimbergo y Blas Alberti son anteriores a la implantación del modelo neoliberal. Por lo tanto es mucho el camino a recorrer para aquilatar la conciencia nacional y social de los argentinos en pos de una Latinoamérica unida y soberana.