Prólogo de “Historia de la Nación Latinoamericana”
Por Jorge Abelardo Ramos
El propósito de este libro es estudiar de cerca un gran naufragio histórico. Descifrar el secreto de
una inmensa Atlántida velada por el tiempo: ¡nada menos!. Nos propusimos averiguar si América
Latina es un simple campo geográfico donde conviven veinte Naciones diferentes o si, en realidad,
estamos en presencia de una Nación mutilada, con veinte provincias a la deriva, erigidas en Estados
más o menos soberanos.
El concepto de Nación es anacrónico para la mayor parte de los europeos, sólo en el sentido de que
han realizado hace ya mucho tiempo su unidad nacional en el marco del Estado moderno. El
nacionalismo de los europeos es tan profundo, arraigado y espontáneo, bajo su manto imperial de
generoso universalismo, que únicamente se advierte cuando otros pueblos, llegados más tarde a la
historia del mundo, pretenden realizar los mismos objetivos que los europeos perseguían en los siglos
XVI, XVII, XVIII y XIX. Resulta cosa de meditación percibir entonces su afectada indiferencia
(teñida de un sutil desprecio) hacia los importunos brotados en las márgenes del mundo civilizado. Es
el momento que los europeos eligen para subrayar en los nacionalismos de los países coloniales su
fosforescencia folklórica, su pintoresca filiación religiosa o sus evidentísimos rasgos semi-bárbaros.
De la virtuosa derecha a la izquierda neurótica en Europa se manifestó -educativo ejemplo- un
sentimiento general de repudio hacia el abominable Khomeini. El Ayatollah ha puesto el dedo en la
llaga del próspero Occidente. No faltaron a la cita ni el feminismo marxista ni el liberalismo imperial:
el común horror hacia la teocracia islámica los encontró unidos.
Apenas el irredentismo irlandés permanece como una mancha sangrienta en la órbita declinante de
Inglaterra. Pero aquellos grandes momentos del nacionalismo decimonónico, desde Marx a Lord
Byron hasta Garibaldi, ya son vetustas reliquias. A nadie le interesa recordar en el Viejo Mundo que la
rapidez prodigiosa con que avanzó Europa Occidental hacia la civilización técnica (y EE.UU., desde
la guerra civil de 1865) se produjo gracias a la formalización jurídica y arancelaria del Estado Nacional Unificado, luego de eliminar el poder social de las clases pre-capitalistas.
Al permitir una desenvuelta interrelación económica, política y financiera entre todas las partes
constituyentes de la Nación, el capitalismo remontó un asombroso vuelo. Desarrolló tal poder
multiplicador del aparato productivo con el invalorable auxilio de un expansivo mercado interno,
unido a una lengua nacional que procuraba la frontera político-cultural de un Estado, que bien pudo
considerarse al siglo XIX como el siglo del movimiento de las nacionalidades. Al mismo tiempo y a la
inversa, América Latina perdió la posibilidad de reunirse en Nación y avanzar hacia el progreso
social, tal como lo hacían los Estados recién unidos en el norte del continente americano. Los
norteamericanos libraron una cruel guerra civil para abolir la esclavitud. Así unieron su país contra el
separatismo esclavista del sur agrícola, sostenido por los ingleses. En una dirección opuesta, las
oligarquías agro-comerciales de los puertos se imponían en América latina sobre las aspiraciones
unificadoras de Bolívar, San Martín, Artigas, Alamán, Morazán. La generación revolucionaria de la
independencia pereció en las reyertas aldeanas.
Fue la ocasión que los hábiles diplomáticos ingleses y norteamericanos, los Poinsett o los
Ponsonby, aprovecharon para aliarse a la burguesía comercial y a los hacendados criollos, "la
hacienda y la tienda". Y premiaron con un silencio sepulcral a los hambrientos soldados de Ayacucho.
Estos soldados criollos habían expulsado de América Latina un Imperio que mantenía unidas a sus
colonias, sólo para ver insertarse en ellas a otros más poderosos, que ayudaron a su independencia a
condición de que permanecieran desunidas. Serían Repúblicas solitarias con soberanía formal, y
economías abiertas.
En cuanto al inmenso Brasil, ocurrió algo muy curioso. Por un sorprendente giro de la historia, se
transformó de colonia del imperio portugués, en capital del imperio, pero sin Portugal, en poder de los
franceses. Sacudido por incesantes levantamientos y revoluciones, produjo republicanos, místicos,
rebeldes y hasta socialistas, pero ninguno de ellos reclamó la abolición de la esclavitud, que había sido
suprimida en el resto de América Latina en la primera década de la independencia. Entre el
librecambismo británico y el sudor de los negros parasitaba el Brasil Imperial: todos los integrantes de
esa sociedad, "hasta los más pobres y desamparados", como dice Decio Freitas, vivían a expensas del trabajo de los esclavos.
El antagonismo de siglos entre el Reino de Portugal y el Reino de España, se trasladó a la América
revolucionaria hasta nuestros días, gracias a los diligentes británicos, el "máximo común divisor" en la
integridad de pueblos ajenos. Argentina y Brasil heredaron esa rivalidad, que era prestada. Por esa
razón se elevó un muro entre ambos países, que afortunadamente ha sido derribado para siempre con el promisorio nacimiento del Mercosur.
Por su parte, Cuba era colonia española (hasta 1898), y como en el caso de Brasil, no participó de
las guerras de la Independencia, que habían forjado lazos de sangre entre las patrias chicas de los
viejos Virreinatos y Capitanías Generales. Como resultado de todo lo dicho, la independencia respecto
de España, al no lograr mantener simultáneamente la unidad, eclipsó por un siglo y medio a la gran
nación posible.
En otras palabras, América Latina no está corroída solamente por el virus del atraso económico. El
"subdesarrollo", como dicen ahora los técnicos o científicos sociales, no posee un carácter puramente
económico o productivo. Reviste un sentido intensamente histórico. Es el fruto de la fragmentación
latinoamericana. Lo que ocurre, en síntesis, es que existe una cuestión nacional sin resolver. América
Latina no se encuentra dividida porque es "subdesarrollada" sino que es "subdesarrollada" porque está dividida.
La Nación hispano-criolla, unida por el Rey, creada en realidad por la monarquía española, se
convirtió en un archipiélago político, una polvareda confusa de islas múltiples, gobernadas por los
antiguos oficiales de Bolívar o San Martín. Los jefes bolivarianos se habían sumido en la decepción o
se habían corrompido en el poder; se dejaron mimar por los exportadores y hacendados. Estos se
relamían los labios al atrapar, después de la sangre, las pequeñas soberanías, trocadas en prósperas
satrapías. Esa historia se narra aquí.
A diferencia de las "historias" usuales de América Latina, que reproducen en la literatura el drama
formal, pues describen las historias particulares de cada Estado a partir de la muerte de Bolívar, país
por país, sin rastrear sus vínculos de origen, sin considerarlos como parte de una Nación desmembrada.
Omiten evocar a los pensadores iberoamericanos que fueron la conciencia despierta de una América Latina entrevista como una totalidad histórica. Por el contrario este libro aspira a recrear
como un conjunto todo lo que fue, lo que es y lo que será.
Durante décadas aparecieron libros sobre la "argentinidad", la "peruanidad", la "bolivianidad" o la
"mexicanidad", en cantidades ingentes. Todos andaban a la busca de su propia identidad nacional o
cultural, pero pocos se consagraron a redescubrir la identidad latinoamericana, que era la única capaz
de permitir que América Latina, con todas sus partes, se delimitara como un poder autónomo ante un mundo codicioso y amenazante.
En tal situación, no podía extrañar que desde el ocaso de los grandes unificadores, y hasta nuestros
días, se reiteraran políticas y emprendimientos tendientes a hipertrofiar las diferencias o ahondar las
particularidades.
Como cabía esperar, producida la Independencia de España, las nuevas estructuras contaron con
sus obvios ejércitos, escudos, empréstitos ingleses, Constituciones, Códigos Civiles, héroes y villanos,
y, por añadidura, con una literatura preciosa, hija de los puertos cosmopolitas y hasta con una historia
para "uso del Delfín". Todo era chiquito, mezquino, provincial, pero cada Estado miraba por el rabillo
del ojo hacia las nuevas Metrópolis anglo-sajonas, buscando en ellas las señales de aprobación.
Relataba el dramaturgo mexicano Rodolfo Usigli, que los intelectuales de su época acostumbraban
a referirse a sí mismos como miembros de la generación de "postguerra". Ahora bien, decía Usigli, en
México no hemos tenido una guerra, sino una Revolución.
Pero aunque en Europa habían sufrido una guerra y no una Revolución, los cultores del espíritu en
México se sentían hijos de una guerra vivida por otros, en lugar de serlo de una Revolución que había
conmovido su país hasta los cimientos. Todo resultaba una copia miserable.
Sólo así podía concebirse que el historiador boliviano Alcides Arguedas, alquilado por el magnate
minero Simón Patiño, como historiador "con cama adentro", fuera el vocero de la cultura boliviana en
el mundo o un anglo-bizantino del género de Borges hiciera de arquetipo de la literatura argentina. El
darwinismo social hizo furor y aún domina el pensamiento inconfeso de las "élites" criollas. El
programa de Borges no adolecía de oscuridad. Lo resumió en dos epigramas: "América Latina no
existe"; y la segunda: "Somos europeos en el destierro".
Desde que Europa tomó posesión de América Latina a partir de la ruina del Imperio español, no
solo controló el sistema ferroviario, las bananas, el café, el cacao, el petróleo o las carnes. Consumó
una hazaña mucho más peligrosa: influyó sobre gran parte de la intelligentsia latinoamericana y tendió
un velo sutil entre la trágica realidad de su propio país y sus admirados modelos externos. Así, hasta
los rebeldes de aldea, y hasta las doctrinas de "liberación", llevaban la marca del amo al cuello. Con el
sello de Occidente, eran como cartas de navegación erróneas, preparadas para extraviar a los viajeros.
Todo lo latinoamericano o criollo fue despreciado o detestado. Desde la Ilustración o aún antes, no
faltaban antecedentes para ello. Desde Buffon o el Abate de Paw, hasta el más lozano egresado de
alguna Facultad de Sociología o Historia en la última parroquia, desdeñaban la inmensa tierra bárbara.
Los europeos en tiempos de la Conquista, la Ilustración o luego, no podían siquiera imaginar que
otros mundos no recorriesen, ni en su fauna, flora o historia, diferentes caminos que los que había
conocido el continente-modelo. Aplicaban al Nuevo Mundo su propia clasificatoria: así, para Buffon o
Voltaire, en América Nueva pululaban leones calvos y tigres minúsculos. Por el contrario, los reptiles
y alimañas eran de tamaño gigante. Indios asexuados e insectos enormes, la Terra Nova, era para algunos, demasiado joven; para otros, demasiado vieja.
A Hegel se le antojaba que aquí no había historia, sino pura naturaleza, que como se sabe, aborrece
al Logos. Marx y Engels, por su parte, cuando no encontraban manipulaciones de hierro en alguna
sociedad extra europea, la situaban en el "estadio medio de la barbarie", lo que les venía de perilla a incas y aztecas.
El conde de Keyserling explicaba ¡todavía en 1930 ! a las bellas propietarias de tierras de la
refinada Buenos Aires, que América era el continente del tercer día de la creación, ardua jornada que
Dios empleó en crear el mar, la tierra, las plantas y la flora.
También, según el noble germánico, éste era el asombroso suelo de la "sangre fría". Don Pío
Baroja no iba a quedarse atrás: juzgaba al americano del Sur como "un mono que imita" y a América
Latina como un "continente estúpido".
La denigración europea se fundaba en la necesidad de ignorar y desacreditar aquello que
esquilmaba. La auto denigración de la intelligentsia latinoamericana reposaba, por su parte, en el
hecho de que estaba obligada a vivir de la clase directamente dominante, la oligarquía, que no era una
clase nacional sino por su residencia e intereses. Cuando la intelligentsia en las última décadas,
observa la desespiritualización y codicia del mundo occidental, se "izquierdiza" por un momento y
ronda en la periferia del stalinismo, al que supone ambiguamente encarnación del ideal socialista.
La catástrofe de la sociedad burocrática inicia otro movimiento pendular hacia la "democracia"
capitalista. "Occidentales" o "marxistas", gran parte de los intelectuales pierden su antigua seguridad
científica. Pero conservan su aversión académica (académica burguesa o marxista) hacia la sociedad
criolla tal cual brotó de manos de la historia. Su utilitario objetivismo la mantiene distante del
movimiento histórico vivo en nombre de "un rigor" puramente verbal, que le permite, por lo demás,
conservar su "universalidad" y los medios de vida. En el último de los intelectuales latinoamericanos de tipo universitario resuena un eco del Abate Paw.
Excepción hecha de los grandes latinoamericanistas del 900 -Manuel Ugarte, José Vasconcelos,
Joaquín Edwards Bello, José Ingenieros, Manuel González Prada, Rufino Blanco Fombona y muchos
otros- gran parte de la intelligentsia consumía sus vigilias torturada por las obsesivas modas de la
Grande Europa. Por ejemplo: a fines del siglo XIX resurgía el helenismo en Francia y en toda Europa.
La crisis entre la burguesía liberal y la Iglesia Católica, asumía la forma indirecta de una
revalorización estética de los nobles modelos de la antigüedad.
Y como no podía ser menos, en América Latina aparecieron puntualmente los helenistas nativos:
en el Altiplano boliviano, un profeta tonante y barroco, Franz Tamayo, a la vez indio y terrateniente
de indios, escribía Las Oceánidas; Lugones, en la Argentina ganadera, publicaba Estudios Helénicos y
El ejército de la Ilíada; en México, la más grande figura intelectual de la Revolución nacida en 1910,
Vasconcelos, invertía por una senda propia el legado franco-griego: exaltaba la búsqueda de un camino nacional en Prometeo vencedor.
A su turno, Alfonso Reyes concebía refinadísimas tragedias griegas; Ricardo Jaime Freyre soñaba
brumosas mitologías escandinavas.
La patente francesa "imprimía carácter" a la inteligencia latinoamericana y la esterilizaba en el
acto; y el librecambismo anglosajón cegaba enseguida toda cultura industrial nativa.
En la historia latinoamericana, sobre todo a partir de 1880, aparecieron una veintena de microsociedades en cada una de las cuales no faltaban ni una "burguesía nacional", ni un
"proletariado", ni una "pequeña burguesía", según estatuía la prestigiosa clasificación marxista
europea. Claro está que todo lo latinoamericano aparecía en un nivel más bajo, bajo una forma
monstruosa o insólita, sea como un Tirano Banderas o un puñado de coroneles-terratenientes que desafiaban todas las clasificaciones.
Si Europa producía un arte simbólico, inspirado en las formas del hombre primitivo, en ciertas
partes de América Latina esto era pura pintura figurativa, ya que el exquisito salón de arte moderno de
Lima, pongamos por ejemplo, no estaba demasiado lejos del selvícola de Iquitos o del cazador de
caimanes del Amazonas. Estas sociedades imitativas ofrecían asombrosos contrastes. A partir de la
"balcanización", se dictaron códigos burgueses que debían servir a estructuras latifundistas fundadas
en la servidumbre personal. Tales códigos habían sido en Europa el resultado de una revolución que
había dividido las tierras de la nobleza para entregarlas a pequeños propietarios. En América Latina
esos códigos eran empleados para garantizar la estructura agraria arcaica.
Se importaban, asimismo, las formas vacías de un liberalismo formal para pueblos que no habían
conocido sino dictaduras semi-seculares o el parloteo incontenible de Parlamentos elegidos por el
fraude, integrados por diputados venales. Todo se acarreaba de afuera, pero todo era pacotilla, pues
nada se adaptaba a la realidad latinoamericana, como aquellos gruesos abrigos de piel que usaba el
patriciado de Río de Janeiro en el siglo XIX, sudando a chorros en el trópico y harto satisfecho de que
también se usaran en Londres, de donde se importaban.
Calurosos abrigos para tierras cálidas resultaron ser los productos socialistas, liberales y marxistas
que llegaron desde lejos. En su primera etapa, unos respondían al preclaro modelo del laborismo de su
Majestad Británica; otros a la inescrutable política soviética, ya muy lejano del brillo ígneo de aquel
Octubre. Los demócratas profesionales, empapados de juricidad y de las polvorientas premoniciones
de Alexis de Tocqueville, por su parte, diseñaban un pequeño Capitolio blanco para cada parroquia,
trocada en República.
Esta combinación sincrética de cultura liberal inauténtica y de marxismo importado para
intelectuales "en vía de desarrollo", según Augusto Céspedes, dio sus frutos. Pues junto a los
ferrocarriles o usinas, los grandes imperios introdujeron en estas sociedades indescifrables un estilo de
pensamiento que modeló la historia, las ideas políticas, la sociología, el proceso cultural, las artes y las costumbres.
No pocas particularidades de América Latina encontraron obstáculos para desenvolverse por un
camino propio bajo la insinuante y deslumbrante presión occidental. Desde la derecha o la izquierda,
la extranjería reinó soberanamente, tanto en las estadísticas de exportación como en el modo de interpretarlas.
De tal suerte, América Latina resultó ser el suelo ideal de politiqueros, terratenientes y expertos
extranjeros. La ciencia social se alejó todo lo posible del drama real, aún en aquellos casos que parecía
estudiarlo. Envanecida por un supuesto "rigor científico", la ciencia social se vio impregnada hasta la
médula del empirismo sociológico de cuño norteamericano, con su ficticio carácter neutro, o del
marxismo-leninismo, petrificado en una escolástica indigerible, fundada en un "homo-economicus"
archi-metafísico. La coincidencia entre ambos se manifestaba en el desconocimiento común de la
cuestión nacional de América Latina. Reducían todo el drama, según los casos, a:
1) Un supuesto duelo entre la burguesía y el proletariado, en el interior de cada Estado.
2) Fundar el crecimiento económico mediante la repetición nativa del capitalismo europeo, en el
marco político de una "democracia" formal de dudoso cuño.
3) Repetir de un modo elíptico la versión provincial de una historia falsificada.
Si el Dr. José Gaspar Rodríguez De Francia, del Paraguay, era un dictador neurótico para Carlyle,
era natural que también lo fuera para la historiografía latinoamericana; la condenación legendaria de
Juan Manuel de Rosas era de oficio; para los calvinistas de Nueva Inglaterra, el católico Lucas
Alamán era un "reaccionario" puro y simple. ¡Debía serlo sin duda para los mexicanos!
La tentativa de reproducir las "formas" de los conflictos políticos, jurídicos o religiosos europeos o
yanquis en América Latina, prescindiendo de sus contenidos históricos reales, tuvo pleno éxito. Un
ejemplo notable: el enfrentamiento del despotismo ilustrado borbónico con la Compañía de Jesús,
asumió un significado muy claro en Europa, aunque invirtió su signo en América Latina. En el Nuevo
Mundo se expresó contra las Misiones jesuíticas.
Pero aquí todo era diferente. Pues los jesuitas defendían a los indios, en lucha constante contra los
"bandeirantes" del Brasil que los cazaban en las Misiones, para reducirlos a la esclavitud en las tierras
del Oeste. El anticlericalismo, bajo este aspecto, y en América del Sur, era una simple máscara de
esclavistas y latifundistas. Tal es otro de los temas de esta obra.
A propósito de la contradicción entre forma y contenido, es educativo recordar que en la sociedad
esclavista del Brasil Imperial o Republicano, los propietarios de negros eran positivistas y gramáticos
sutiles. El escudo brasileño lleva aún la divisa de Augusto Comte: "Ordem e Progreso". En la
avanzada Argentina del siglo XX, matar de un balazo a un indio "colla", peón en una finca del Norte
Argentino, carecía de consecuencias penales para el asesino, dueño de la finca, probablemente
Senador nacional por su provincia, y, naturalmente, firmante de leyes y proyecto de leyes. En México,
¿no eran los "científicos", y sus amigos plutócratas del porfiriato, la crema de la inteligencia, en un
océano de peones sin tierra y de indios sin destino? ¿No fue Sarmiento y no lo es todavía, uno de los
venerados próceres de América Latina (sobre todo de la oligarquía argentina) aclamado hasta en la
Cuba de Fidel Castro? ¿Pero no es Sarmiento el más indudable degollador de gauchos, y
propagandista literario del degüello? ¿Nos han circulado, acaso, en América Latina sus cartas al
General Mitre, otro semidiós del Parnaso Oligárquico, en las que le aconseja que "no ahorre sangre de
gauchos que es lo único que tienen de humano"?
En su favor, es preciso reconocer que fundó la Sociedad Protectora de Animales, entidad que aún
subsiste, pues el célebre educador era más compasivo con los perros que con los gauchos.
Numerosos "marxistas" de nuestro tiempo rinden culto a Sarmiento, a Mitre y a otros Santos
Padres de la historia que se cree. Escojo al azar algunas perlas; pero toda la historia de América Latina
ha corrido por las manos de monederos falsos.
En definitiva, ¿acaso el carácter semi-colonial de la América Latina disgregada y la pérdida de su
conciencia nacional no se prueba en no pocas de sus Universidades? Muchas han sido sensibles como
la cera para grabar en ellas la tipología de las preferencias u ocurrencias europeas o norteamericanas,
académicas o iconoclastas, en materia sociológica, económica o política. Aunque esta influencia
deformante se expresara en el pasado desde una óptica de respetabilidad conservadora y luego asumió
la atrevida máscara de un "izquierdismo abstracto", en sustancia no ha variado el espíritu cortesano, ya
que los grandes temas de la Nación inconclusa, permanecen intocados para ellos.
Esa coincidencia esencial entre unos y otros, radica en ignorar que sólo se devela el enigma
histórico de América Latina con la fórmula de su unidad nacional.
Resulta irrelevante que unos se consagren a plantear el "desarrollo" de cada una de las Repúblicas
latinoamericanas mediante los auxilios del capital extranjero; o mediante el crecimiento independiente
del capitalismo nacional; o a través de la revolución socialista, si cada uno de los arbitristas rehusa
considerar a América Latina como el espacio político de una Nación no constituida.
José Stalin había pretendido transformar el inmenso imperio zarista en un "socialismo en un solo
país". Sus herederos, y los adversarios de sus herederos (los trotskistas) así como los adversarios de
ambos, herederos a su vez de Mao, fantasearon hacer de América Latina el paraíso de veinte
socialismos, de veinte gobiernos obreros y campesinos, de veinte dictaduras proletarias, es decir,
concibieron todos los requisitos prácticos y teóricos para fracasar puesto que estos veinte Estados no
tenían y no pueden tener un destino singular.
Son "naciones no viables". Pero forman, entre todas una Nación formidable. De otro modo, véase
el destino actual de Cuba, encerrada entre el monocultivo y el mar, entre la venta de azúcar y su
insularidad sofocante.
No era por cierto el "fantasma del comunismo" el que recorría Europa, según las palabras de aquél
ardiente joven Marx. Lo que recorría Europa en 1848 era el fantasma del nacionalismo, de la
revolución burguesa, que seguía su carrera hacia el este y sur y ante la que se abría un largo camino
histórico.
Es bastante significativo a este respecto que al día siguiente de redactar con Engels el Manifiesto
Comunista, estallara la revolución antifeudal en Europa y Marx viajara al sur de Alemania para
redactar la Nueva Gaceta del Rhin, órgano de la burguesía democrática alemana.
Si la burguesía ha resuelto ya en el Occidente capitalista su cuestión nacional hace siglos (puede
añadirse hoy la unificación alemana), en el mundo colonial y semi-colonial el problema continúa en
pie.
La división de Corea, artificialmente creada por el imperialismo; los problemas por constituir una
Confederación Indochina; la incumplida unidad nacional del pueblo árabe; la inmensa cuestión
africana, fragmentada en Estados que no responden a ninguna realidad económica, política,
geográfica, ni siquiera tribal; la necesidad de una Federación Balcánica que armonice los
antagonismos étnicos; en suma, la propia cuestión nacional irresuelta en América Latina dice bien a
las claras que solo el imperialismo, fundado en sus gigantescos Estados nacionales, puede oponerse,
como se opone, a la unidad nacional de los pueblos débiles. Divide et Impera: la formula romana sirve
aún a quienes la emplean en nuestro tiempo. De donde se deduce que las fórmulas del
"internacionalismo obrero" o del estéril "marxismo leninismo", constituyen reglas funestas para
entender y obrar en la vida contemporánea de América Latina. ¿Cómo ha sido posible que un
instrumento tan fino y dúctil como el pensamiento de Marx haya adquirido semejante tosquedad al
atravesar el Atlántico?. Baste señalar que la creación de "marxistas leninistas" en tubos de ensayo se
manifestó, por ejemplo, en México, cuyo Partido Comunista fue fundado por el japonés Katayama, el
hindú Roy y el norteamericano Wollfe. En la Argentina, el italiano rusificado Codovilla imprimió al
partido respectivo un indeleble sello de ajenidad y lo instaló en el último medio siglo en la órbita
oligárquica.
En América Latina el nacionalismo no es separable del socialismo ni de la democracia. Tales
aspiraciones indisociables reflejan de modo combinado las claves de su necesario salto histórico hacia
la Revolución unificadora y la liberación social de toda explotación; sin ellos no podemos reconocer
ni explorar la historia enterrada en nuestra tierra dolorosa y dividida.
Para concluir: el presente libro es una tentativa para examinar la vida de América Latina desde
múltiples ángulos. Se trata de penetrar en su núcleo interior atravesando la espesa capa de prejuicios
que lo ocultaron durante un dilatado período histórico. El autor se dio como objetivo escrutar "la
Nación sin historia", analizar su olvidada trama, verla como un todo sufriente y viviente y estudiar las
fuerzas nacionales que ha engendrado. Procuró llamar a las cosas por su nombre propio o inventarle
uno adecuado a su específica naturaleza, pues, como decía el padre Acosta en una carta al Rey: "A
muchas destas cosas de Indias, los primeros españoles les pusieron nombres de España".
Buena lección para no repetirla con la historia, la sociología y las ideas de la América Criolla: el
lector no contemplará aquí leones calvos, sino la bestia soberbia que los quechuas llamaron puma.